jueves, 19 de agosto de 2021

El mito de la modernidad y la reprogramación de la realidad

Este breve ensayo pretende cuestionar o ampliar nuestros horizontes y perspectivas respecto a lo que implica ser humano hoy en día. Planteando preguntas como: ¿Qué es el progreso o el desarrollo? ¿Son la ciencia y la tecnología nuestros nuevos dioses? ¿Qué es lo humano? ¿Qué es aquello que nos hace humanos en nuestra forma de vivir y relacionarnos? ¿Si el ser humano es un ser disruptor que irrumpe en la naturaleza, pero a su vez procede de ella, cual es nuestra naturaleza? 


 


La tecnología nos configura, pero no es el problema de fondo.

Las sociedades, al igual que los organismos, están en constante cambio, adaptación y evolución. Una evolución en la cual el ser humano crece y se desarrolla en entornos cada vez más tecnologizados, tratando que todos sus procesos sean más automatizados, simples, rápidos e “inteligentes” supondría un desarrollo en su forma de vivir. No obstante, cuando la tecnología media todas nuestras interacciones, procesos y hasta el total de nuestra comunicación nos damos cuenta que nos encontramos ante una sociedad fragmentada de individuos aislados que no termina de hallar su sentido más que en el bienestar y la propia satisfacción. Sin llegar a concretarse un bienestar en común: El otro sirve e importa en cuanto pueda ayudarme a satisfacer mis necesidades. Necesidades que van desde las más básicas hasta las más sofisticadas. Desde la obtención de bienes, recursos y servicios hasta la creación y mantención de un estado de bienestar a través de la economía, la política, las leyes, etc. Un estado de bienestar que no termina de crear un bienestar en común, pues siempre existirán personas, grupos y comunidades que quedarán aisladas y excluidas de dicho estado de bienestar.

 

La tecnología no es el causante de los problemas antes descritos. Solo es una herramienta, un instrumento neutral al cual se le puede dar un uso determinado. Y el uso que le estamos dando devela justamente la naturaleza del problema. Este radica en la concepción moderna del ser humano con respecto a si mismo, al mundo que le rodea y a los demás seres que cohabitan ese mundo. Una concepción en donde fundamentalmente la razón es la medida de todas las cosas. Una razón que puede calcular la utilidad y el valor de todo lo que encuentra a su paso. Este tipo de razón no es mala en sí, sin ella no se podría haber llegado al desarrollo actual en áreas como la ciencia y tecnología. Sin embargo, solamente poseyendo esta razón, la cual justifica todo en su propia lógica (incluyéndose a ella misma), no terminará por salvaguardar el presente y el futuro de la humanidad.

 

Hará falta inteligencia para guiar a esa razón. Una inteligencia que comprende el valor y el funcionamiento de todo lo que forma parte de la vasta e intrincada red de la vida. Una inteligencia que comprende que no todo puede tener un precio, que no todo se puede poner a la venta en el mercado; que hay cosas que funcionan en un orden diferente, donde el ser humano no puede o, mejor dicho, no debe intentar administrar o controlar. Pues de hacerlo, se expone y expone a los demás al quebrantamiento del frágil equilibrio de la vida. Piénsese en los ecosistemas de cualquier nivel y la interdependencia entre los entes que lo componen. Esto, a escala planetaria, lo podemos atestiguar con la actual crisis climática y todas las demás crisis que no son otra cosa que la crisis del ser humano moderno.

 

El mito de la modernidad

El concepto de modernidad se ha trasladado por todo el mundo gracias a su efecto más visible y tangible: la globalización. Teniendo como idea subyacente el progreso derivado del desarrollo de la ciencia y tecnología.

 

Cuando se mira el pasado y se piensa en las culturas y civilizaciones más arcaicas, muchas de estas con religiones animistas como la mayoría de los pueblos indígenas, se piensa que el ser humano a progresado en su desarrollo por haber pasado del mito al logos para poder explicar lo que desconoce. Podríamos llegar a pensar que tenemos más control sobre nuestro destino, ya que ahora este no está siendo determinado por el miedo o la ignorancia.

 

Si bien la afirmación del párrafo anterior es cierta, pues muchos de los fenómenos inexplicables con que se topaba el ser humano por ese entonces eran adjudicados a dioses o espíritus (teniendo ahora una explicación totalmente racional), esta nueva forma o método para procesar y comprender la realidad: la ciencia, la cual ha posibilitado el desarrollo tecnológico que a su vez hace posible y potencia la capacidad de la primera, se han convertido en los nuevos dioses de la civilización moderna y han tomado el lugar de los dioses de las antiguas culturas y civilizaciones. Estos nuevos dioses se han erigido monolíticamente al ser alimentados con la creencia de que mientras más los desarrollemos más capacidades de omnisapiensa y omnipotencia tendremos.

 

No hay que confundir el poder real que la ciencia nos confiere y por el cual gracias a este tenemos más capacidad para enfrentar los problemas que desde siempre han hecho embates contra la humanidad como los desastres naturales, enfermedades, pestes y pandemias (como esta que ahora estamos viviendo). Esto es un desarrollo real no se puede negar, pero solo un tipo de desarrollo.  

 

No ha habido un desarrollo en lo que respecta a una maduración del ser humano. Seguimos, peyorativamente hablando, en un estado y pensamiento mítico; en el mito como miedo e ignorancia. Hay que aclarar que los mitos no son sinónimos ni de miedo o de ignorancia, todo lo contrario. Los mitos y toda la mitología derivada de estas grandes culturas y civilizaciones han sabido contener una sabiduría manifestada en las propias cosmovisiones particulares de cada pueblo. Estas cosmovisiones han permitido comprender el funcionamiento de la naturaleza en su conjunto y enseñan de qué manera establecer relaciones y vínculos con los demás seres y el entorno. Justamente, gracias a los mitos es que se han podido establecer las narrativas que han ayudado a los pueblos a actuar colectivamente forjándose un destino en común; me refiero cuando han ayudado a desarrollar sus comunidades en base a la cooperación, el altruismo y la empatía.

 

¿Qué es lo que nos hace humanos, para seguir siendo humanos?

Estos atributos: la cooperación, el altruismo y la empatía también son característicos del ser humano, nos caracterizan y nos hacen más humanos. En ese sentido, necesitamos humanizar todas las áreas producto de la actividad del hombre como la economía, política, etc. Para ponerlas al servicio nuestro y que no sea al revés, donde el ser humano sirve a todas estas áreas y poderes, mejor dicho, que no siga sirviendo a los individuos que controlan y determinan dichas áreas.

 

Pero, ¿Qué es esto de humanizar? ¿Qué es lo que nos hace humanos? Si justamente es el ser humano quien ha creado toda esta forma de vida, que en muchos casos termina por alienarlo y enajenarlo de sí mismo, los demás y el entorno.

Ya el siglo XX ha dado suficientes muestras de la barbarie y estupidez humana. Actualmente nos encontramos en plena era geológica del Antropoceno. Empezando la tercera década de este siglo, tenemos el poder tecnológico suficiente para modificar profundamente este planeta y las condiciones de vida externas e internas de todos los seres. Todo esto a una escala nunca antes vista. Una escala que podría llevarnos en el peor de los casos a la extinción masiva de especies incluyéndonos a nosotros.

 

Hay muchas definiciones o características de lo que es ser humano o de lo que nos hace humanos. Una de las mayores características que podemos resaltar es que el ser humano se determina a sí mismo, puede cambiarse a sí mismo. No solamente es determinado por su naturaleza biológica o por sus instintos, sino que, y justamente, parte de esta naturaleza radica en su capacidad de auto modificarse. Por ejemplo, el ser humano es el único ser sobre este planeta que puede cambiar su dieta, su cultura, sus patrones de vida, formas de vivir, etc.

 

Volver la mirada a la naturaleza

Esta capacidad de modificarnos a nosotros mismos es innegable y todo se lo debemos a la mente que razona, a la razón humana. Lo que necesitamos, o lo que nos hace falta desarrollar, es la inteligencia que equilibre y de un buen uso a esa razón. Sería conveniente para este propósito fijar o volver la mirada a lo que llamamos naturaleza; de la cual el hombre proviene y no debe pretender desprenderse de ella.

 

Dentro de la naturaleza vemos que no existe tal cosa como la concepción del hombre moderno: un individuo independiente, aislado o separado del resto. Esto solo lo podemos concebir por medio de la abstracción de nuestra mente, pero no existe como tal cuando se mira la naturaleza con suficiente perspectiva obteniéndose un panorama general de su funcionamiento.

 

Si bien dentro de la naturaleza existen una infinidad de actores y especies de todo tipo desde bacterias y organismos unicelulares hasta mamíferos y moluscos como los cefalópodos (pulpo y calamar) con sistemas nerviosos sumamente complejos, todos sirven a un funcionamiento o propósito general que trasciende su ser, autonomía o voluntad. Todos sirven al mantenimiento y equilibrio del ecosistema en el cual están contenidos; algunos haciendo la función de depredadores, fagocitando a otras especies u otros cumpliendo funciones o relaciones de reciprocidad y beneficio mutuo. La simbiosis producida entre estas especies y, con ello, la interdependencia que generan estas relaciones forjan las bases de los ecosistemas mismos, logrando así mantener todas las formas de vida que lo componen.

 

Piénsese por ejemplo en la comunidad de virus y bacterias que el ser humano trae consigo desde su nacimiento: la microbiota. Si bien se encuentra presente en su gran mayoría dentro de los intestinos, la microbiota esta presente interna y externamente en todo el cuerpo: boca, mucosas, piel, etc. Estos virus y bacterias se sirven del ser humano para sobrevivir y nosotros a su vez nos servimos de ellas para vivir. La dependencia es mutua. Se calcula que por cada célula que compone el organismo humano tenemos una célula microbiana. Incluso, se estima que la cantidad de bacterias es mayor que la de células (Yong, 2016). Desde esta perspectiva podríamos preguntarnos ¿Qué es el ser humano? ¿Una comunidad viviente de virus y bacterias? ¿Dónde comienza el ser humano y donde la comunidad microbiana que habita en él? Los limites ontológicos (la definición de lo que es un organismo y ser humano) llegan a ser difusos, pero tengamos por seguro que sin esta comunidad de virus y bacterias no sobreviviríamos ni un solo día.

 

De igual manera todos los seres que habitan este planeta cumplen un rol o función dentro del gran ecosistema de la vida. Si hay algo que caracteriza a todas estas relaciones es que son reciprocas e interdependientes. Aquel ser o ente que actúe en beneficio propio valiéndose para este propósito de los demás (en detrimento de los demás), estará destinado al fracaso y desequilibrio de su ecosistema. Desde este punto de vista no sobreviven los más fuertes sino los que aprenden a cooperar y relacionarse respetando las diferencias particulares y las funciones que cumple cada actor dentro de esta intrincada red.

 

Los programadores de software

Los programadores de software tienen una visión particular sobre la realidad que convendría adoptar para este propósito. Antes de crear un programa piensan en el propósito que pretenden alcanzar con dicho software. Piensan en las funciones, usos, repercusiones y de qué manera este programa terminara conviviendo entre los usuarios y como terminara adaptándose a programas de mayor antigüedad y envergadura que ya se han masificado en el pasado y se encuentran actualmente en uso [1]. En pocas palabras, piensan en el diseño de sus programas y todos los detalles relacionados a su uso y repercusiones que tendrán en el mundo.

 

Las ciudades donde vivimos actualmente, la vida moderna y todos los procesos que en ella se realizan se parecen a los programas de software en el sentido que tienen un diseño.

Todo a nuestro alrededor de una u otra manera está diseñado por alguien, ha sido pensado por alguien. Piénsese en el diseño urbano y en cómo están diseñadas las ciudades: ¿Cuáles son los centros de la ciudad y cuales su periferia? ¿Dónde se encuentran los edificios más altos y estos que representan? ¿Cuál es el diseño de las pistas y carreteras, donde se ubican? ¿Qué promueve la ciudad con esta distribución? ¿Qué ideas, comportamientos, deseos y formas de vivir promueven en nosotros? ¿De qué manera nos condiciona vivir en una ciudad?

 

Muchas personas podrían argumentar que esto no es del todo cierto, que gran parte del diseño de las urbes actuales (sobre todo las más pobres) están dejadas totalmente al azar o no han sido pensadas puesto que muchos de sus problemas se deben justamente a eso: a que nadie ha pensado o se ha hecho cargo de su diseño o la forma cómo se van a desarrollar. Esto es correcto, pero desde la perspectiva del diseño de los programadores, los problemas se deberían más bien a fallas en los diseños o en las limitaciones que pudieron haber tenido en el momento en que fueron concebidas. Una falla en el diseño del sistema.

 

Cuando uso la palabra sistema me refiero al problema central de las sociedades, sobre la manera como nos concebimos y relacionamos junto a los demás; dentro del cual existe y se crea una interacción y dinámica entre nosotros y nuestro medio. El entorno nos condiciona o configura para sentir, pensar y actuar de determinadas maneras.

 

Programando la realidad

Al desarrollar tecnologías pareciera que el ser humano está destinado a romper con el equilibrio de su entorno, pues por donde quiera que este vaya modifica todo a su paso y, con ello, repercute en todos los seres que vivían ahí antes de su llegada; incluyéndose a el mismo.

La tecnología es disruptiva por que justamente la naturaleza de la mente que lo crea también lo es. Terminando por convertirse en una extensión de nuestra mente.

La mente, al igual que la tecnología, también se puede programar para un determinado fin. La mente se puede programar para ver la realidad de una determinada manera y en consecuencia actuar de forma diferente.

 

Si unimos las ideas antes desarrolladas podríamos decir que la naturaleza (la vida misma o de donde proviene toda la vida) es el gran programador que a su vez a programado al ser humano para tener la capacidad de programarse a sí mismo: auto programarse.

Necesitamos desarrollar una especie de código nuevo de programa, una nueva forma de ver la realidad que nos permita crecer y desarrollarnos, adaptándonos constantemente y sin con ello perjudicarnos a nosotros, a los demás seres y al ecosistema que nos rodea. Lograr esto sería hablar de una evolución en nuestra forma de vivir: un verdadero progreso y desarrollo.

 

¿Cuál será el nuevo código de programa que crearemos para programar nuestra realidad?


       

                                                                     

Notas:

1. En el lenguaje técnico de los programadores se usa la palabra anclaje para señalar este suceso.


Referencias bibliográficas:

Yong, Ed., (2016), Yo contengo multitudes: Los microbios que nos habitan y una visión más amplia de la vida. Barcelona, España: Penguin Random House Grupo Editorial.


Fotografía:

Un árbol del parque Ceres en el distrito de Ate, Lima - Perú. Archivo personal: Anderson Olson Guerrero