martes, 28 de febrero de 2023

Todos somos ángeles caídos deseando poder amar

Una breve miscelánea sobre nosotros los seres humanos. A propósito del budismo y las películas de Wong Kar-wai.


Ángeles caídos (1995) - Wong kar-wai

Deseo y represión

Me compre un libro sobre budismo. Quería comprender como llegar a aquello que tanta falta me hace: paz mental y emocional. Pareciera que los monjes budistas siempre están en paz. Siempre se ven tan tranquilos y sosegados, siempre dispuestos a brindar una sonrisa afable a quien les preste atención y mire a los ojos. El budismo es uno de los desarrollos más libres y heterodoxos que han surgido a lo largo de la historia, pues permite que cada persona o grupo de personas lo desarrolle a su manera, interpretado y adaptado las enseñanzas a su forma de ser; no obstante, en el transcurso de la lectura me di cuenta que el libro hablaba más sobre los seres humanos y cómo somos, que sobre algo búdico o alguna verdad trascendental por la cual facilitar este camino de liberación. Me refiero a ese deseo y anhelo incesante que todos tenemos. Deseo que produce a la vez esa búsqueda incesante del placer y una huida o rechazo vehemente al dolor y sufrimiento. Personalmente, en mi vida, nunca he experimentado tal cosa como la “iluminación” o el “despertar” que se les atribuye a las personas que han logrado desarrollar el budismo en sus vidas. A lo mucho, me he dado cuenta —justo un día en que estaba en el baño— que, nosotros los seres humanos somos también aquello que no nos gusta pensar o reconocer sobre nosotros mismos, pero que sin embargo somos o hacemos. Como hacer caca en el baño, por ejemplo.

 

Por otra parte, creo que las películas del director Hongkonés Wong Kar-wai retratan de una mejor manera lo que estoy tratando de decir, o lo grafican mejor: el deseo y anhelo de todo ser humano; el cual no tiene nada de malo hasta que ese deseo se convierte en pasión o padecimiento y termina degenerando en sufrimiento o en el lamento de la persona. O lo que es peor, y que creo muy estúpidamente intente hacer durante algunos años: intentar dejar de desear para así dejar de sufrir. Tomarse de forma literal las enseñanzas de Buda. La experiencia te enseña que aquello es algo imposible, comenzando así una represión brutal en tu interior que termina al igual que una olla a presión a la que se le ha terminado el agua: reventando. Más adelante, leyendo los libros de Alan Watts, quien se ha encargado de enseñar de forma accesible el pensamiento de oriente a los occidentales, corroboré este hecho. En su interpretación, Buda había dado esa enseñanza como una suerte de trampa para que la persona se diera cuenta de que no es posible dejar de desear: porque cuando quieres dejar de desear, estas deseando o continúas deseando, y esto te sigue atando al sufrimiento. En conclusión. ¡Desea nomás! Pero eso sí: lo que hagas con ese deseo, o las consecuencias que aquello acarree, eso ya es asunto tuyo.

 

No estoy del todo seguro si uno pueda aprender a desear o desear con inteligencia —si acaso tales cosas son en verdad posible—, como cuando uno aprende a saber en quien fijarse para poder establecer un vínculo o una relación; en todo caso, estaríamos hablando de que los gustos, intereses y deseos se van refinando o se van desarrollando. Van cambiando conforme la persona también cambie producto de las distintas experiencias y los errores que todos cometemos. Siempre que se extraigan las lecciones de aquellos errores, estas a su vez nos ayudarán a saber qué es lo que queremos o, por lo menos, a saber qué es lo que no queremos en nuestra vida. Cabe mencionar también aquí el saber cuándo abandonar una batalla que no se puede ganar o saber negarnos a comenzar una empresa de la que no tenemos la más mínima posibilidad de tener éxito. Piénsese en una relación sentimental o en una carrera profesional que no es para uno, o que la persona que queremos no nos quiere de la misma manera, etc. En estos casos, no se trata de armarse de valentía o coraje para comenzar a librar esas batallas. Se trata de necedad, capricho y estupidez. Solo los estúpidos y los necios pelean batallas que no pueden ganar, impidiéndoles aprender el “saber perder” como se dice; el aprender que: cuando se gana, a veces en realidad se está perdiendo y cuando se pierde en realidad se está ganado. Lo dejo a la interpretación del lector.

 

Bueno, volviendo a las películas de Kar-wai, hay algo más aparte de esta manifestación evidente del deseo y anhelo de toda persona. Es el resistirnos a aquello que más queremos. Lo que tanto nos resistimos a veces a querer creer. Películas como Chungking Express (1994), Ángeles caídos (1995) o Deseando amar (2000) son un buen ejemplo, o cuando no, se acercan mucho a esta faceta de los seres humanos, o quizá, solo de algunos seres humanos. Esto, sumado a la exquisita y a veces hasta narcótica forma que tiene el director de mostrar las escenas —por lo cual le han apodado como el poeta de las imágenes—, termina haciendo que las experiencias que viven sus personajes se logren transmitir plenamente a los espectadores. Algunos de sus protagonistas son individuos que viven en el desamor. No necesariamente al no ser correspondidos, sino, por encontrarse reprimido o resistido, muchas veces, por ambas partes: por ellos y por las personas que desean o quieren. A su vez, la melancolía o sentimiento de perdida ante la vida que viven algunos de sus personajes —y que quizá a muchos les resulte familiar o hasta agradable, rozando cierto grado de placer masoquista— hace que uno se sumerja o recuerde este tipo de experiencias si es que las ha tenido. Quién sabe y para todos los que se identifican con este tipo de sentimientos, estos sean producto más bien de que no se hayan tenido otras experiencias en el amor o no se hayan desarrollado otras formas de relacionarse o de amar, haciendo creer así que, por lo menos, de alguna manera, se está viviendo alguna forma de amor, aunque esta sea una forma invertida o de privación: un des-amor. No lo sé.

 

Miedo y angustia

Retornando al budismo, Thich Nhat Hanh fue un monje budista y activista por la paz vietnamita que murió el año pasado (2022). Él enseñaba que, en nuestro interior, en lo más profundo de nuestro ser, yace oculto un núcleo conjunto de deseo y de miedo producto de la experiencia de estar vivos. Este núcleo conjunto comienza a operar inmediatamente al momento de nacer, al dar nuestra primera respiración. Comenzamos así a desear sobrevivir y temer morir. Este deseo y miedo originales, primarios, se extienden a lo largo de toda nuestra vida y subyacen a todos nuestros demás deseos y miedos; pues, paradójicamente, lo que más deseamos y anhelamos tener también es aquello que más tememos perder. Por eso, muchas veces, la vida puede verse dominada y avasallada por el miedo. Partiendo de este hecho, Nhat Hanh propone como solución el volvernos conscientes de lo que sentimos y experimentamos cuando el miedo aparece, respirando tranquila y profundamente. Inhalando y exhalando, siendo conscientes de nuestra respiración y de todo nuestro cuerpo, para así, tomar el control de la situación y que el miedo no nos domine y paralice. Por ese motivo, el hecho de lo que implica vivir y existir, el hecho de que uno esté vivo, produce angustia. Hay una angustia básica u original en cada uno de nosotros. Que seamos conscientes o no de ello, va a marcar toda la diferencia en nuestras vidas. Si somos conscientes, buscaremos formas funcionales de poder convivir con esta angustia, pero, si no lo somos, haremos todo lo posible para huir de esta. Ocuparemos todo nuestro tiempo de manera frenética quizá con el autoengaño del rendimiento y la productividad o con cuanto tipo de adicción encaje mejor con nuestras carencias, necesidades y formas de ser. Aquí un pequeño extracto del libro que habla sobre esta angustia:

 

“(…) Por lo general, evitamos esta experiencia tanto como podemos, porque es terriblemente destructora y dolorosa. Por lo general, tengo mucho cuidado de no estar solo conmigo mismo, sino de acompañar al yo con toda clase de experiencias. La gente que está ocupada todo el tiempo, que siempre tiene que pensar en algo, que siempre tiene que estar haciendo algo, incesantemente está huyendo de esta experiencia de la angustia básica u original (…)” [1]

 

Pensaba escribir un ensayo sobre el budismo en el siglo XXI o algo así, puesto que las enseñanzas y las prácticas nunca dejan de desarrollarse y se mantienen vivas con cada persona que lo adopta como su forma de vida, sin embargo, no tengo la menor idea de cómo se encuentre su desarrollo actual. Lo único de lo que puedo escribir es sobre mi experiencia personal y por lo que a mí respecta, mando todo esto al tacho. Por más que lo he intentado no he logrado integrar las enseñanzas del budismo a mi vida. Además, pienso que son las ideas o formas de vida de otras personas, no las mías. Uno no aprende a vivir por las enseñanzas o errores de otro, uno solo aprende a vivir viviendo. En ese sentido, dentro del budismo hay una frase que dice: “Si encuentras a buda en tu camino, mátalo”; refiriéndose un poco a que la llamada “iluminación” o “despertar” no va a venir de otra persona que no seas tú mismo. Bueno, creo que por lo menos en algo estoy de acuerdo con el budismo, pero aclaro al lector que esta no es una forma sutil de falsa humildad y que por lo bajo trata de insinuar que he llegado a algún tipo de conocimiento o algo parecido. Cuando digo que mando todo al tacho es porque en verdad pienso eso. No porque el budismo no sirva, para nada, todo lo contrario: me ha ayudado mucho en todos estos años. Lo digo simplemente porque no he logrado integrarlo en mi vida.

 

Epílogo: Amor

Hace unos días iba en un taxi con una amiga y empezamos a charlar y a recordar viejos tiempos y algunos viejos amigos. “¿Que será de él? o ¿sabes algo de ella? y, ¿qué es de ellos?”, etc. Al final, recordando a cada uno —dentro de los cuales me incluyo—, caí en la cuenta de que todos estamos un poco jodidos. Todos hemos venimos a este mundo un poco rotos por dentro y nos hemos ido curando de a pocos, entre nosotros, por el camino. Quizá buscaremos caminos diferentes o distintas formas para llegar a unir todas esas partes de nosotros mismos, pero, al final, la única forma de poder volver a unir todos esos pedazos rotos es con un abrazo. Un abrazo muy fuerte. Es estando en el regazo de alguien que nos quiere. La única forma o el único bálsamo para la existencia es el amor. Así como el título de la película de Kar-wai, pues, todos en el fondo estamos deseando amar. Porque, así como todos somos únicos y diferentes, a su vez, todos somos iguales también. Todos somos ángeles caídos deseando poder amar.



Notas:

1. Edward Conze., (1951), El Budismo: su esencia y su desarrollo, Introducción. El “pesimismo radical”. México, D. F.: Fondo de Cultura Económica.